
lunes.
consigo aburrir a los alumnos con una clase sobre la evolución de las especies. la fascinación de la historia de la vida no moviliza el espíritu adolescente.
martes.
una de la madrugada: desperté y el monstruo seguía allí, cita mi acompañante nocturna desde la cumbre del monte iluminado por la luna. fascinadas, contemplamos el océano de luces que repta, majestuoso, amenazador y colosal, cientos de metros más abajo, perdiéndose en el horizonte sobre la llanura. entre las luces no es perceptible el movimiento de los millones de almas que lo habitan. mar interior del otro lado de las montañas.
cinco de la tarde: abro una ventana. mi red de arrastre recoge besos virtuales, bromas y risas, un cielo, palabras de mar, y un mar de palabras arrojadas al torrente de impulsos eléctricos.
diez de la noche: alguien se desploma imperceptiblemente sobre el teclado de un ordenador. despedida fugaz y silenciosa de la vida.
miércoles.
decido emplear métodos de choque: sustituyo el peligro de las travesías y la paciente observación, a menudo próxima al misticismo, del naturalista del siglo XIX por laboratorios farmacéuticos, experimentos con inexistentes arañas gigantes y mutaciones de organismos tropicales capaces de alterar el ritmo de vida del planeta. diana. cuestión de marketing.